septiembre 2, 2026

¿Qué tan sostenible es nuestro consumo de tecnología?

Cambiar de celular cada cierto tiempo, comprar una computadora más reciente o sustituir unos audífonos porque apareció una nueva versión se ha convertido en algo cotidiano. La tecnología facilita muchas actividades y forma parte de nuestra vida diaria, pero pocas veces nos detenemos a pensar qué ocurre con los dispositivos que dejamos atrás. Detrás de cada teléfono, tableta o computadora existe un proceso de extracción de materias primas, fabricación, transporte y, finalmente, descarte.

Por eso, la pregunta sobre qué tan sostenible es nuestro consumo tecnológico no depende únicamente de cuánto utilizamos un dispositivo, sino también de cuánto tiempo decidimos conservarlo y qué hacemos con él cuando deja de servirnos.

El problema adquiere otra dimensión cuando esos aparatos se convierten en residuos. En El Salvador, los Residuos de Aparatos Eléctricos y Electrónicos (RAEE) incluyen desde celulares y computadoras hasta televisores, impresoras y otros equipos que funcionan con electricidad o baterías. El Ministerio de Medio Ambiente y Recursos Naturales (MARN) advierte que estos residuos no deben mezclarse con la basura común, debido a que pueden contener sustancias y materiales que requieren un manejo especial. Además, algunos de sus componentes pueden ser recuperados para aprovechar nuevamente materiales que tienen valor.

El crecimiento del consumo tecnológico también tiene una dimensión global. El Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente señala que los residuos electrónicos se encuentran entre los flujos de residuos que más rápido crecen y que, sin medidas adecuadas, podrían aumentar considerablemente en las próximas décadas. El problema no termina cuando un aparato sale de nuestras manos: si termina en un sitio inadecuado, sus componentes pueden generar contaminación, mientras que los materiales que todavía podrían aprovecharse se pierden. De esta manera, el modelo de comprar, utilizar y desechar mantiene una presión constante sobre los recursos naturales.

El impacto ambiental comienza incluso antes de que el dispositivo llegue a una tienda. La fabricación de un teléfono requiere distintos minerales y materiales, entre ellos cobre, oro, plata, cobalto y otros elementos utilizados en sus componentes. Según el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente, una parte importante de la huella de carbono de un teléfono inteligente se produce durante su fabricación, debido principalmente a la extracción y procesamiento de materias primas y a la producción del equipo. Esto significa que prolongar la vida útil de un dispositivo puede ser una decisión ambientalmente relevante: cuanto más tiempo utilizamos un aparato que todavía funciona, menos necesidad existe de reemplazarlo inmediatamente por otro.

En El Salvador ya existen esfuerzos para enfrentar este problema. El MARN ha realizado jornadas específicas para recolectar aparatos electrónicos en desuso y evitar que terminen junto con los residuos comunes. En una de estas iniciativas, denominada “Intercambio Verde”, se recolectaron más de 50,000 libras de RAEE durante seis ediciones. Posteriormente, el Ministerio informó que, hasta 2023, sus jornadas de recolección habían permitido recuperar 79,992.39 libras de estos residuos y que también se habían habilitado puntos de entrega voluntaria en diferentes lugares del país. Estos esfuerzos muestran que el problema no es ajeno a la realidad salvadoreña y que ya existen mecanismos para darle un tratamiento diferente a la basura electrónica.

Sin embargo, la responsabilidad no puede trasladarse únicamente a los sistemas de reciclaje. El propio programa de gestión de RAEE en El Salvador plantea la importancia de promover un consumo responsable de aparatos eléctricos y electrónicos, además de fortalecer la educación y las capacidades relacionadas con su disposición final. Esto implica cuestionar hábitos que parecen normales: cambiar un teléfono que todavía funciona solamente por tener un modelo más nuevo, acumular aparatos que ya no utilizamos en algún cajón de la casa o desecharlos junto con la basura doméstica. Antes de pensar en reciclar, también existe una pregunta más sencilla: ¿realmente necesitamos reemplazarlo?

Una alternativa está en alargar la vida útil de los dispositivos. Reparar una pantalla, cambiar una batería, vender un teléfono que todavía funciona o entregarlo para su adecuada gestión cuando ya no puede utilizarse son acciones que forman parte de un consumo más responsable. No se trata de rechazar la tecnología ni de dejar de adquirir nuevos productos, sino de modificar la relación que tenemos con ellos. La sostenibilidad también implica entender que un aparato no pierde automáticamente su valor porque apareció una versión más reciente en el mercado. Mantenerlo en uso durante más tiempo puede reducir la cantidad de residuos y aprovechar mejor los recursos que fueron necesarios para fabricarlo.

El reto para El Salvador, entonces, no consiste únicamente en encontrar dónde depositar un celular viejo, sino en avanzar hacia una cultura de consumo tecnológico más consciente. La legislación salvadoreña sobre gestión integral de residuos y fomento al reciclaje plantea precisamente una visión orientada al aprovechamiento de los materiales y a una economía circular, en la que los residuos puedan reincorporarse a procesos productivos en lugar de terminar simplemente como desechos. La próxima vez que pensemos en cambiar de teléfono o comprar un nuevo dispositivo, quizá también deberíamos preguntarnos qué pasará con el que estamos dejando atrás. La sostenibilidad tecnológica comienza mucho antes del reciclaje: empieza con la decisión de comprar, utilizar, cuidar, reparar y, finalmente, desechar de manera responsable.

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