Las flores forman parte de celebraciones, regalos y actividades comerciales en todo el mundo, pero detrás de un ramo existe una cadena de producción que también genera impactos ambientales. El cultivo, el uso de agua, los fertilizantes, los pesticidas, el transporte y los materiales utilizados para conservar y presentar las flores determinan qué tan sostenible puede ser esta actividad.
Uno de los principales factores es el uso de agua. Algunas especies requieren riego frecuente y, cuando se cultivan en zonas con poca disponibilidad de este recurso, la producción puede aumentar la presión sobre las fuentes de agua. Por eso, sistemas de riego eficientes, captación de agua de lluvia y técnicas que permitan controlar la cantidad utilizada pueden reducir considerablemente el impacto de los cultivos.

El uso de fertilizantes y productos para controlar plagas también representa un desafío. Si se aplican de manera excesiva o incorrecta, pueden contaminar el suelo y llegar a fuentes de agua. La implementación de manejo integrado de plagas, fertilizantes utilizados de acuerdo con las necesidades del cultivo y alternativas biológicas puede ayudar a disminuir la dependencia de productos químicos.
Otro aspecto importante es el consumo energético. Los cultivos de flores pueden desarrollarse en invernaderos que requieren iluminación, ventilación, calefacción o sistemas de refrigeración. En algunos casos, estas necesidades aumentan la huella de carbono de la producción. El uso de energías renovables, equipos eficientes y sistemas que aprovechen mejor las condiciones naturales puede contribuir a reducir estas emisiones.

El transporte también influye en la huella ambiental de las flores. Debido a que son productos perecederos, algunas variedades recorren largas distancias antes de llegar al consumidor y pueden requerir transporte refrigerado. Esto significa que una flor cultivada cerca del lugar donde será vendida puede tener una huella de transporte menor que otra que necesita recorrer miles de kilómetros, aunque el impacto total también depende de cómo fue producida.
A esto se suma el desperdicio. Las flores tienen una vida útil limitada y una parte de la producción puede perderse antes de llegar al consumidor debido a daños, problemas de calidad o dificultades durante el almacenamiento y transporte. Cuando terminan su vida útil, pueden convertirse en residuos orgánicos que, si se gestionan adecuadamente, pueden aprovecharse para compostaje en lugar de enviarse directamente a vertederos.

El empaque representa otro punto de atención. Ramos y arreglos florales pueden incluir plástico, espuma floral, papel, cintas y otros materiales que terminan como residuos después de un periodo muy corto de uso. Sustituir materiales difíciles de reciclar por opciones reutilizables, reciclables o biodegradables puede disminuir la cantidad de desechos asociados al comercio de flores.
Por ello, determinar qué tan sostenible es el comercio de flores no depende únicamente de saber dónde fue cultivada una flor. También es necesario considerar cómo se produjo, cuánta agua y energía utilizó, qué productos fueron aplicados, qué distancia recorrió, cómo fue empacada y qué ocurrió con ella después de su venta. La sostenibilidad del sector dependerá de que productores, distribuidores, comercios y consumidores adopten prácticas que reduzcan estos impactos sin perder de vista las condiciones sociales y económicas de quienes participan en esta cadena.


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