El agua de mar comienza a ocupar un nuevo lugar dentro de las alternativas que El Salvador explora para fortalecer el acceso al agua potable en sus comunidades costeras. La puesta en marcha de nuevas plantas desalinizadoras plantea una pregunta que cobra relevancia frente a los desafíos de seguridad hídrica: ¿hasta dónde puede esta tecnología convertirse en parte de la respuesta para garantizar el abastecimiento de agua en el país?
Uno de los proyectos más recientes se encuentra en San Diego, distrito de La Libertad Costa, donde la Administración Nacional de Acueductos y Alcantarillados (ANDA), con el respaldo del Banco Centroamericano de Integración Económica (BCIE), finalizó una planta desalinizadora que beneficia directamente a más de 140 familias, equivalentes a más de 700 habitantes. La obra representó una inversión superior a los $500 mil en fondos no reembolsables.
La planta tiene una capacidad de producción de 120 litros de agua potable por minuto y utiliza un sistema de ósmosis inversa, mediante el cual se eliminan las sales y otros minerales presentes en el agua salobre a través de procesos de pretratamiento, purificación y desinfección. El proyecto también incorporó un tanque de almacenamiento de 10 mil litros, sistemas de bombeo y rebombeo, una subestación eléctrica y otras obras necesarias para garantizar su funcionamiento.

San Diego no constituye un caso aislado. En marzo de 2026 fue inaugurada otra planta desalinizadora en el cantón El Majahual y, de acuerdo con el BCIE, ambas instalaciones benefician de manera directa a más de 1,400 personas en la zona costera de La Libertad. La infraestructura de San Diego, además, tiene una función que amplía su alcance: puede utilizarse como punto estratégico para el llenado de camiones cisterna ante situaciones de emergencia o incrementos en la demanda.
La importancia de estas obras está en que incorporan una fuente distinta a las utilizadas tradicionalmente para el abastecimiento de agua potable. En territorios costeros, donde el agua marina representa una fuente disponible, la desalinización permite aprovecharla mediante tecnología especializada y convertirla en agua apta para el consumo humano. Sin embargo, su implementación requiere infraestructura, energía y sistemas adecuados de operación y mantenimiento, por lo que su viabilidad debe analizarse de acuerdo con las condiciones y necesidades de cada territorio.
El desarrollo de estas plantas también evidencia que la seguridad hídrica no depende de una única alternativa. La disponibilidad de agua está relacionada con factores como la conservación de las fuentes, la protección de las zonas de recarga, la eficiencia de los sistemas de distribución y la capacidad de responder ante períodos de mayor demanda o situaciones de emergencia. En ese contexto, la desalinización puede representar una herramienta complementaria, especialmente para comunidades ubicadas en zonas donde resulta estratégico diversificar las fuentes de abastecimiento.

El reto, por tanto, no consiste únicamente en producir agua a partir del mar, sino en determinar dónde esta tecnología puede generar el mayor beneficio social y cómo integrar de manera responsable dentro de la planificación hídrica del país. La experiencia de San Diego y El Majahual permite observar una aplicación concreta de esta alternativa y abre espacio para evaluar su potencial en otros territorios costeros, sin perder de vista sus requerimientos técnicos y ambientales.
Para El Salvador, la desalinización representa algo más que una innovación tecnológica: es una nueva posibilidad dentro de la búsqueda de mayor seguridad hídrica. Su verdadero alcance dependerá de cómo evolucione esta experiencia, de las necesidades de las comunidades y de la capacidad de combinar nuevas soluciones con la protección y gestión sostenible de las fuentes de agua existentes.


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